El salafismo es un concepto del Islam suní que suele confundirse en Occidente con yihadismo, cuando la realidad es bastante más compleja. Esta rama del islam sunita lleva más de dos siglos evolucionando, y sus seguidores van desde clérigos que predican sumisión al poder establecido hasta militantes dispuestos a inmolarse. Seguir el hilo de esa evolución —las alianzas políticas, las fracturas doctrinales, los contextos históricos que fueron moldeando cada corriente— resulta imprescindible si queremos comprender los conflictos que sacuden hoy a las sociedades musulmanas.
¿Qué es el salafismo y en qué se fundamenta?
Los salafistas creen estar rescatando el islam verdadero. Salaf significa "predecesores" en árabe, y el término apunta a las tres primeras generaciones de creyentes después de Mahoma. Esos salaf as-salih, los "predecesores piadosos", convivieron con el Profeta o con quienes lo conocieron directamente. Según esta visión, practicaron una fe todavía intacta, libre de las capas interpretativas que fueron depositándose con el paso de los siglos. Las bid'a —innovaciones religiosas— habrían ido distorsionando ese mensaje original.
¿Qué implica esto en la práctica? Un principio de desconfianza hacia cualquier costumbre o creencia que no figure de modo explícito en el Corán o en los hadices. Las escuelas jurídicas sunitas clásicas desarrollaron tradiciones interpretativas sofisticadas a lo largo de mil años; los salafistas las miran con suspicacia, prefiriendo leer los textos sagrados sin esa mediación.
Raíces históricas del movimiento de los salafistas
El teólogo sirio Ibn Taymiyyah ya defendía en el siglo XIV una vuelta a las fuentes originales. Atacó el culto a los santos y ciertas prácticas sufíes. Pero como movimiento organizado, el salafismo tardó cuatro siglos más en cuajar. Muhammad ibn Abd al-Wahhab (1703-1792), predicador de la región de Najd en la Península Arábiga, sentó entonces las bases doctrinales que perduran hasta hoy. En 1744 selló un pacto con el emir local Muhammad ibn Saud: el predicador aportaba legitimidad religiosa, el gobernante ponía las armas. De aquella alianza nacería, casi dos siglos después, el Reino de Arabia Saudí.
Ya en el siglo XIX, intelectuales como al-Afghani y Muhammad Abduh bebieron de estas ideas, aunque las matizaron. Les preocupaba sobre todo el atraso del mundo islámico frente a las potencias coloniales europeas, y apostaron por una modernización compatible con la fe. Esa tensión entre purismo y adaptación ha acompañado al salafismo desde entonces. Fue a partir de los años ochenta del siglo XX, con la Guerra de Afganistán y luego la presencia militar estadounidense en suelo saudí, cuando emergió una vertiente mucho más politizada y combativa.
Principios doctrinales del salafismo contemporáneo
El pilar teológico del salafismo es el tawhid, la afirmación de la unicidad absoluta de Alá. Cualquier forma de mediación o intercesión —la veneración de santos, las visitas a tumbas, los rituales sufíes— se considera una violación de este principio, una forma de idolatría (shirk) que contamina la pureza de la fe.
A esto se suma el rechazo categórico a las bid'a. ¿Una costumbre sin respaldo claro en Corán o hadices? Sospechosa de entrada. Nada de acudir a los tratados de jurisprudencia islámica que fueron acumulándose durante siglos: el salafista quiere leer el texto sagrado directamente, sin filtros ni glosas.
De ahí los choques con otras ramas del islam. El sufismo, con su rica tradición mística y devocional, representa para muchos salafistas el paradigma de la corrupción religiosa. Y las escuelas jurídicas clásicas —hanafí, malikí, shafií, hanbalí— son vistas con recelo cuando sus dictámenes se apartan del texto literal.
El peso de los "salaf" en la cosmovisión del movimiento
Para entender la mentalidad islamista y salafista hay que captar la carga simbólica que concentra el concepto de salaf. Las primeras generaciones de musulmanes —los compañeros del Profeta, sus sucesores inmediatos (tabi'un) y la generación siguiente (tabi al-tabi'in)— funcionan como una especie de edad dorada. Un hadiz atribuido al Profeta lo resume así: "La mejor de las generaciones es la mía, luego la que le sigue, luego la que le sigue".
¿Y cómo afecta esto al día a día? Ante cualquier dilema —religioso, social, político—, el salafista buscará cómo lo habrían resuelto los salaf. De ahí la enorme producción de literatura dedicada al estudio de hadices y biografías de los primeros musulmanes, y el desdén hacia desarrollos intelectuales posteriores, incluidas las aportaciones de la filosofía islámica medieval o las elaboraciones teológicas de escuelas como la asharí o la maturidí.
¿ Salafismo yihadista o salafismo quietista? Las dos caras del salafismo
El salafismo quietista
La mayoría de salafistas pertenecen a lo que se conoce como corriente quietista o purista. Su preocupación central no es la política sino la purificación de la fe: educación religiosa (da'wa), estricta observancia ritual, rechazo de innovaciones. Lejos de buscar el enfrentamiento con el poder establecido, estos salafistas suelen predicar obediencia a los gobernantes, incluso cuando estos resultan imperfectos. El argumento es que la rebelión provoca fitna (discordia), un mal mayor que soportar un gobierno deficiente.
En Arabia Saudí, el movimiento salafista quietista ha mantenido durante décadas una relación simbiótica con la monarquía: los clérigos legitiman al régimen y el régimen promueve la interpretación salafista. El resultado es una religiosidad conservadora, estricta en códigos de vestimenta y conducta, separación de géneros y rechazo de muchos valores occidentales, pero que no propugna la violencia como método de cambio social.
Los salafistas yihadistas
La vertiente yihadista tomó forma durante los años ochenta, alimentada por la guerra de Afganistán contra la Unión Soviética. Abdullah Azzam, mentor de Osama bin Laden y otros líderes de Al Qaeda o los Hermanos Musulmanes, articuló una doctrina que convertía el yihad armado en obligación individual (fard 'ayn) para todo musulmán, especialmente cuando territorios islámicos estaban bajo ocupación extranjera. Los "árabes afganos" que combatieron en aquella guerra proporcionaron después la infraestructura humana y el mito fundacional para Al-Qaeda.
Ideólogos de la Sunna como Abu Muhammad al-Maqdisi o Abu Qatada al-Filistini radicalizaron aún más el discurso. Ya no bastaba con atacar a fuerzas occidentales: había que golpear también a los gobiernos musulmanes "apóstatas" y, llegado el caso, a civiles. El takfir —la declaración de que otro musulmán es en realidad un infiel— pasó a usarse de forma sistemática para justificar atentados sin distinción de víctimas.
Divergencias de fondo
Aunque comparten raíces teológicas, quietistas y yihadistas difieren en puntos decisivos. La interpretación del yihad es el más evidente: los primeros lo entienden sobre todo como lucha espiritual interna o, en su dimensión externa, como guerra defensiva que solo puede declarar una autoridad legítima; los segundos lo conciben como deber permanente que cualquier creyente puede asumir por su cuenta.
El takfir también los separa. Los quietistas son cautos a la hora de declarar apóstata a otro musulmán, siguiendo el principio sunita de que solo Dios conoce lo que hay en los corazones. Los yihadistas, en cambio, han expandido esa práctica hasta abarcar a gobernantes que no aplican la sharia según su criterio, a funcionarios que colaboran con ellos e incluso a ciudadanos comunes que no se rebelan activamente.
Y respecto a Occidente: los quietistas rechazan buena parte de sus valores pero aceptan coexistir con naciones no musulmanas; los yihadistas postulan un estado de guerra permanente contra el "mundo de la incredulidad" (dar al-kufr).
Wahabismo y salafismo: ¿sinónimos o movimientos distintos?
El nacimiento del wahabismo
El wahabismo nació en el Najd del siglo XVIII de la mano de Muhammad ibn Abd al-Wahhab. Ibn Taymiyyah había sido su gran referente intelectual, y el predicador puso en marcha una cruzada particular contra lo que veía como idolatría: el culto a santos, las visitas devocionales a tumbas, las cofradías sufíes. Sus seguidores se llamaban a sí mismos muwahhidun (unitaristas); el término "wahabismo" fue acuñado por sus detractores.
La alianza con la casa de Saud convirtió aquella reforma religiosa en proyecto político. Tras altibajos durante el siglo XIX, el wahabismo se consolidó como doctrina oficial del Reino de Arabia Saudí fundado en 1932. Desde entonces, la monarquía garantiza la difusión de esta interpretación del islam a cambio de la legitimidad religiosa que le proporcionan los clérigos wahabíes.
Expansión global
La riqueza petrolera transformó al wahabismo en fenómeno global. A partir de los años setenta, y con mayor intensidad tras 1979 —año de la Revolución Islámica en Irán y de la toma de la Gran Mezquita de La Meca—, Arabia Saudí invirtió cantidades ingentes en promover su versión del islam por todo el mundo. La Liga Islámica Mundial, la Universidad Islámica de Medina y decenas de organizaciones caritativas financiaron mezquitas, escuelas coránicas (madrasas) y becas para estudiantes musulmanes desde el Sudeste Asiático hasta África Occidental, pasando por las comunidades musulmanas de Europa y América.
¿Son wahabismo y salafismo lo mismo? La cuestión genera debate. Académicamente, el wahabismo puede considerarse una variante específica del salafismo, la que nació en Arabia y se institucionalizó con el Estado saudí. Pero hay salafistas que rechazan etiquetarse como wahabíes, y wahabíes que desconfían de corrientes salafistas surgidas fuera del ámbito saudí. Las fronteras entre ambos términos son porosas, y su uso varía según quién hable y con qué intención.