La vida de los amish: tradiciones, creencias y comunidades de los amish de Pensilvania

La comunidad amish supone una peculiar experiencia de vivir el cristianismo protestante, apegados a la tradición y rechazando la tecnología moderna, con fuerte arraigo en algunos estados de Estados Unidos.
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Los amish, sus creencias y sus orígenes
Fátima Míguez Reig | Lun, 8 Dic 2025 - 09:55
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¿Qué tienen en común un carruaje negro sin motor, una granja sin enchufes y una comunidad que lleva tres siglos viviendo casi igual? La respuesta está en Pensilvania, Ohio e Indiana, tres estados al norte de Estados Unidos de América. Este grupo religioso apuesta por lo austero, se mantiene lejos de gran parte de los aparatos modernos y pone lo colectivo por delante de lo individual. Asentados sobre todo en zonas rurales de Estados Unidos, han logrado conservar costumbres centenarias mientras el entorno que los rodea se transformaba de manera radical. A lo largo de estas páginas se examina quiénes son, de dónde provienen, qué creen, cómo se organizan y qué particularidades definen su día a día.

¿Quiénes son los amish y cuál es su origen histórico en 1693?

Los amish son un grupo que forma una comunidad religiosa nacida como rama conservadora del movimiento protestante anabaptista europeo. La fecha que marca el nacimiento oficial es 1693: Suiza y alrededores, un puñado de creyentes hartos de tibiezas que deciden apostar por un cristianismo más exigente, más limpio. Hoy viven sobre todo en Pensilvania, Ohio e Indiana. Granjas, campos de maíz, caminos de tierra. Autosuficiencia como bandera. Tres siglos después, sus costumbres apenas se han movido.

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¿Cómo surgió la comunidad amish a partir del movimiento anabaptista?

Los anabaptistas irrumpieron en el siglo XVI, en medio de la Reforma Protestante. Quienes lo integraban tenían una idea que entonces sonaba radical: nada de bautizar bebés. Según ellos, solo alguien adulto podía elegir con plena conciencia entrar en la iglesia. Esa postura les costó cara. Católicos y protestantes los persiguieron con saña, y los amish de hoy todavía evocan aquellos años de hostigamiento como parte medular de quiénes son.

Frente a otras corrientes protestantes, los anabaptistas trazaban una línea gruesa entre lo religioso y lo político: ni iglesia metida en asuntos de gobierno, ni gobierno dictando normas de fe. Tampoco aceptaban empuñar armas. Preferían una vida sobria, sin alardes. Esos mismos principios perviven hoy y explican por qué rechazan tantos avances técnicos: quieren cultivar la tierra, trabajar con las manos y mantener intacta la trama que une a sus familias.

¿Qué papel desempeñó Jakob Ammann en la fundación de los amish?

Sin Jakob Ammann, líder suizo del movimiento anabaptista, probablemente no existiría el grupo que hoy lleva su nombre. En 1693 provocó una escisión dentro del movimiento al exigir prácticas más rigurosas, entre ellas la excomunión social —llamada «Meidung»— para quienes incumplieran las normas. Sus seguidores, que después recibirían el nombre de amish, estaban convencidos de que debían mantener una separación más estricta del mundo exterior y ceñirse al «Ordnung», ese código no escrito que regula cada aspecto de la vida diaria.

Ammann insistía en que los creyentes habían de vivir con disciplina y humildad, huyendo de la ostentación y el orgullo. Esa herencia sigue viva. Basta ver cómo visten hoy —ropa oscura, sin adornos— o cómo descartan cualquier aparato capaz de alimentar el ego o de aflojar los vínculos entre vecinos.

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¿Por qué los hombres amish emigraron a Estados Unidos con sus mujeres en 1730?

La emigración hacia América del Norte arrancó hacia 1730, impulsada ante todo por la persecución religiosa que padecían en Europa a comienzos de la Ilustración. Necesitaban tierra donde rezar a su manera, sin que nadie les pusiera trabas. William Penn les abrió la puerta: había fundado Pensilvania como refugio para perseguidos religiosos, y los amish no tardaron en aprovechar la invitación.

El condado de Lancaster, en el este de Pensilvania, se convirtió en su primer hogar americano. Aún hoy concentra la mayor población amish del país. La tierra era fértil, ideal para el tipo de agricultura que querían practicar. Más tarde se expandieron hacia Ohio e Indiana, pero sin aflojar jamás las costumbres ni el recelo hacia lo que consideraban un mundo demasiado ruidoso. Aquel éxodo de 1730 inauguró una presencia que ya roza los tres siglos y que ha sabido conservar su patrimonio cultural y espiritual.

¿Cómo viven los amish en la actualidad y por qué rechazan la tecnología moderna?

Los amish viven juntos, muy juntos, en comunidades donde el progreso técnico entra con cuentagotas y solo si pasa un filtro estricto. Las familias suelen tener granjas y las trabajan con métodos que sus bisabuelos reconocerían al instante. Los niños dejan la escuela tras el octavo grado porque, según sus padres, lo que de verdad importa se aprende cultivando, construyendo y conviviendo.

No es que odien los cables o los motores. Lo que temen es el efecto dominó: un aparato trae otro, y de pronto la familia se dispersa y el vecino se vuelve un extraño. Por eso la vida sencilla no les parece un sacrificio. Es una apuesta consciente, atada a su fe y a la voluntad de mantenerse un paso atrás del resto del mundo.

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¿Por qué los amish utilizan carruajes tirados por caballos en lugar de automóviles?

Esos carruajes negros tirados por caballos son, probablemente, la imagen más reconocible de la comunidad. Y no se trata de folklore ni de nostalgia: hay una lógica detrás. Un coche permite recorrer cientos de kilómetros en una tarde; un carruaje, apenas unas decenas. Esa limitación física mantiene a la gente cerca de casa, cerca de los suyos, lejos de tentaciones urbanas.

El automóvil, para muchos, equivale a estatus. Un modelo caro dice algo sobre quien lo conduce. Los carruajes amish, en cambio, son casi idénticos entre sí: misma forma, mismo color, misma modestia. Nadie presume. Cada familia fabrica o repara el suyo, lo que refuerza oficios tradicionales y ahorra dependencias externas. Eso sí, cuando la situación lo exige —una urgencia médica, un viaje largo—, no tienen inconveniente en subirse al coche de un vecino que no pertenezca al grupo.

¿Por qué los amish rechazan la tecnología?

La relación de la comunidad amish con la tecnología es bastante más matizada de lo que suele creerse. No aplican un rechazo ciego; más bien sopesan cada novedad según el daño o el beneficio que pueda causar a la familia y al vecindario. Los sectores más estrictos evitan la electricidad de la red porque, dicen, conecta literalmente con el exterior y abre la puerta a influencias que prefieren mantener fuera.

Ahora bien, muchos aceptan baterías, energía solar o generadores diésel para alimentar herramientas específicas o iluminación limitada. En cuanto a las comunicaciones, los teléfonos fijos suelen estar permitidos, pero ubicados en estructuras comunitarias o granjas, nunca dentro de los hogares, para evitar interrupciones en la vida familiar. Algunos grupos más liberales permiten teléfonos móviles para negocios. Las herramientas mecánicas a menudo se modifican para funcionar con aire comprimido en lugar de electricidad.

Todo esto deja claro algo: no odian las máquinas, sino que las filtran. Si un invento puede acercar a la familia, pasa. Si amenaza con separarla, queda fuera. Así de sencillo, así de calculado.

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¿Cómo mantienen su estilo de vida tradicional en el mundo moderno?

Aguantar así, en un mundo como el actual, requiere disciplina de hierro. ¿Cómo lo hacen? Con el Ordnung, un código que nadie ha puesto por escrito pero que todos manejan de memoria. Varía un poco según la comunidad, aunque el fondo es idéntico: marcar qué se puede y qué no, y dar a cada miembro herramientas para esquivar lo que viene de fuera.

La escuela también cuenta. Los niños amish no van a institutos públicos; asisten a aulas propias donde aprenden lo que van a necesitar: carpintería, costura, nociones de contabilidad agrícola. Así forjan su identidad desde pequeños. En lo económico, muchas familias ya no viven solo del campo; han montado talleres de muebles, queserías, tiendas de artesanía. Los productos amish gozan de buena fama entre compradores de fuera, dispuestos a pagar más por algo hecho a mano.

Resulta paradójico: el turismo interesado en su vida sencilla ha proporcionado oportunidades económicas adicionales, aunque también ha generado nuevos desafíos para mantener su privacidad. Pese a estas presiones externas, la mayoría sigue priorizando la comunidad sobre el individualismo y la tradición sobre la innovación, demostrando que su estilo de vida no es simplemente una reliquia del pasado, sino una alternativa viable y deliberada a la vida moderna.

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¿ Cuáles son sus creencias religiosas? Las tradiciones de la comunidad amish

La Biblia, leída sin atajos ni interpretaciones libres, y un puñado de costumbres heredadas generación tras generación: eso alimenta la fe amish. Se definen como cristianos protestantes, pero de los que no transigen. Sencillez, humildad, distancia del mundanal ruido. Sus servicios religiosos se celebran en hogares particulares cada dos semanas, rotando entre las familias, en lugar de edificar iglesias. Esta práctica refuerza la conexión entre la fe y la vida cotidiana.

Los servicios son largos —duran aproximadamente tres horas— y se conducen en un dialecto alemán conocido como «Pennsylvania Dutch». Las tradiciones enfatizan la vida comunitaria por encima del individualismo, la no resistencia frente a la violencia (como quedó dolorosamente patente durante el trágico tiroteo en una escuela amish en Nickel Mines en 2006, donde la comunidad perdonó al agresor) y la obediencia a la autoridad de la iglesia, que interpreta el Ordnung. Esa mezcla de doctrina y ritual ha permitido a la cultura amish atravesar los siglos sin perder su perfil propio, incluso cuando todo alrededor cambiaba a velocidad de vértigo.

¿Por qué los amish no se bautizan hasta la edad adulta? Los niños amish y el Rumspringa

El bautismo, para un amish, no es un trámite ni una ceremonia vacía. Significa comprometerse de por vida con la comunidad y con Dios, y nadie puede hacer esa promesa siendo un bebé. Por eso esperan a la edad adulta —normalmente entre los 16 y los 25 años— y solo después de atravesar el Rumspringa, esa etapa en la que los jóvenes pueden asomarse al mundo exterior, probar otras cosas, decidir si realmente quieren quedarse.

Quien acepta el bautismo sabe lo que firma. No solo jura seguir a Cristo; también acepta el Ordnung de su comunidad concreta y se somete a la disciplina de la iglesia. Eso implica vestir según las normas, vivir apartado del mundo y, si incumple gravemente, arriesgarse a la excomunión. Una decisión así no se toma a la ligera. Cada joven la medita sabiendo que marcará el resto de su vida y que, una vez dentro, salir tiene un coste altísimo.

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¿Cómo es la relación de los amish en Estados Unidos con otras denominaciones protestantes?

Con otras iglesias protestantes mantienen un trato cordial, aunque distante. Reconocen que comparten raíces —al fin y al cabo, todos vienen de la Reforma—, pero no por ello se mezclan. Mientras muchas denominaciones han ido adaptándose a los tiempos, los amish prefieren seguir fieles a lo que consideran la versión original del cristianismo, sin concesiones a la moda ni a la comodidad.

Los menonitas son, quizá, sus parientes más cercanos: misma cuna anabaptista, creencias parecidas. ¿Dónde está la brecha? En cuánto se abren al exterior. Los menonitas usan más aparatos, se mezclan más con el vecindario de fuera. A ojos amish, eso es peligroso: diluye la fe y afloja el tejido del grupo. De ahí la separación histórica entre ambos.

Pese a estas diferencias, existe respeto mutuo, particularmente con los grupos menonitas más conservadores. Cabe destacar que los amish no practican el proselitismo activo ni intentan convertir a miembros de otras denominaciones, ya que conciben su comunidad como un «pueblo apartado» llamado a vivir según sus propios principios, sin pretensiones de universalidad.

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