La muerte de Juan Pablo I: el papa que duró apenas 33 días en el Vaticano

La muerte de Juan Pablo I en el Vaticano en septiembre de 1978 después de solo 33 días ocupando el trono de la Santa Sede desató todo tipo de rumores y leyendas que todavía hoy siguen ensombreciendo este momento histórico.
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La muerte del papa Juan Pablo I
Maider Chacón Iriarte | Mié, 27 May 2026 - 10:35
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Treinta y tres días. Eso duró el pontificado de Albino Luciani, elegido papa el 26 de agosto de 1978 y hallado muerto el 28 de septiembre del mismo año. Ningún otro papa del siglo XX ocupó la silla de Pedro durante un periodo tan breve, y las circunstancias de su fallecimiento siguen envueltas en una opacidad que la Santa Sede no ha logrado —o no ha querido— disipar.

Albino Luciani antes de ser el papa Juan Pablo I

Luciani procedía de una familia humilde del norte de Italia. Su trayectoria dentro de la Iglesia fue la de un sacerdote volcado en la pastoral directa: visitaba parroquias, rehuía el protocolo y hablaba con una sencillez que lo distinguía de buena parte de la curia romana. Como patriarca de Venecia, se ganó fama de austero y accesible. Esa reputación llegó a Roma.

Cuando Pablo VI murió en el verano de 1978, el cónclave buscaba un perfil que prolongase las reformas del Concilio Vaticano II. Luciani no figuraba entre los favoritos, pero la votación fue rápida. Al aceptar el cargo, eligió un nombre doble —Juan Pablo— en homenaje a sus dos predecesores inmediatos, Juan XXIII y Pablo VI. Nadie había hecho algo así antes. Rechazó la tiara papal, optó por una investidura sobria y salió a la Plaza de San Pedro con una sonrisa que le valió casi de inmediato el apelativo de "el Papa de la Sonrisa". Tenía 65 años.

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Un pontificado brevísimo con señales de reforma

En poco más de un mes, Juan Pablo I dio indicios de que pretendía algo más que gestos simbólicos. Dejó de usar el plural mayestático. Sus audiencias abandonaron el tono solemne habitual y usaban un lenguaje llano, con ejemplos que cualquiera podía entender. Pero lo que más inquietud generó en ciertos sectores fue otra cosa: empezó a hacer preguntas sobre las cuentas del Banco Vaticano, una entidad que arrastraba rumores de opacidad financiera desde hacía tiempo.

Aquellos 33 días no dieron margen para concretar nada. Fueron suficientes, eso sí, para que comenzaran a circular rumores sobre resistencias internas a un papa que parecía dispuesto a tocar estructuras de poder muy asentadas.

La mañana del 28 de septiembre de 1978: la muerte del papa Juan Pablo

Sor Vincenza Taffarel, la religiosa encargada del servicio doméstico del pontífice, llamó a su puerta a la hora de costumbre. No hubo respuesta. Entró y lo encontró muerto en la cama, con las gafas puestas y unos papeles entre las manos, como si hubiera estado leyendo antes de morir. Avisó de inmediato a las autoridades vaticanas.

El cardenal Jean-Marie Villot, secretario de Estado, se personó entre los primeros y asumió el control de la situación. A partir de ahí, la cadena de decisiones que tomó el Vaticano se convirtió en la fuente principal de todas las dudas posteriores.

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La muerte del papa Juan Pablo I

Versiones contradictorias desde el primer momento

La Santa Sede comunicó primero que el secretario del papa había descubierto el cuerpo. Luego rectificó: había sido Sor Vincenza. Tampoco quedó clara la hora exacta del hallazgo ni qué documentos tenía Luciani en las manos cuando murió. Estas incoherencias, por sí solas, podían atribuirse a la confusión lógica de una madrugada de crisis. Pero el patrón de torpezas comunicativas —o de ocultación deliberada, según quién lo interprete— no hizo más que crecer en las horas y días siguientes.

La versión oficial: muerte repentina por infarto agudo de miocardio

El Vaticano concluyó que Luciani había sufrido un infarto de miocardio durante la noche. Punto. El doctor Renato Buzzonetti, médico oficial de la Santa Sede, firmó el certificado de defunción basándose en la observación externa del cadáver. No existían electrocardiogramas previos, ni análisis de enzimas cardíacas, ni historial clínico publicado que respaldara el diagnóstico. Buzzonetti argumentó que los signos externos eran compatibles con un evento cardíaco súbito y que, dadas las circunstancias, aquella era la explicación más razonable.

Para cualquier forense, ese razonamiento tiene lagunas evidentes. Un diagnóstico de infarto sin autopsia, sin pruebas de laboratorio y sin historial previo no cumple los estándares mínimos de certificación médica, menos aún tratándose de un jefe de Estado.

La autopsia papal que nunca se practicó

Este es, probablemente, el punto más difícil de justificar. La Santa Sede alegó que la tradición papal prohibía las autopsias. Varios historiadores eclesiásticos han desmentido esa afirmación: no hay norma canónica que lo impida, y existen precedentes de exámenes post mortem a otros pontífices. El embalsamamiento se realizó apenas unas horas después del hallazgo, lo que cerró toda posibilidad de verificación independiente.

Resulta paradójico. Una autopsia habría cortado de raíz cualquier especulación. Su ausencia, en cambio, la alimentó durante décadas.

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Las teorías conspirativas

El Banco Vaticano y los escándalos financieros de la Santa Sede

La línea de investigación más conocida la popularizó David Yallop en su libro En nombre de Dios. Según Yallop, Luciani había descubierto irregularidades graves en el Banco Vaticano —vínculos con entidades financieras italianas de reputación dudosa, posibles conexiones con el crimen organizado— y estaba preparando una depuración interna. El cardenal Villot figuraba entre los que iban a ser destituidos, lo que, según esta hipótesis, le daba motivos para obstruir cualquier investigación posterior.

No hay pruebas concluyentes de que Luciani fuera asesinado. Pero sí hay un dato incómodo para quienes descartan del todo estas teorías: cuatro años después, en 1982, el Banco Ambrosiano colapsó en un escándalo financiero directamente vinculado al Banco Vaticano. Las preocupaciones que supuestamente tenía Juan Pablo I no eran, al menos en su objeto, infundadas.

Las reformas bloqueadas

Otra hipótesis apunta a las reformas que Luciani planeaba dentro de la curia. Colaboradores cercanos afirmaron que el papa tenía preparada una lista de cambios de personal en puestos de mando, modificaciones en políticas doctrinales y una apertura mayor en la gestión vaticana. Todo eso habría encontrado oposición en sectores conservadores acostumbrados a un funcionamiento opaco y a una jerarquía rígida.

¿Es verosímil que alguien dentro del Vaticano conspirase contra un papa? La historia de la Iglesia no permite descartarlo como mera fantasía. Las luchas internas de poder, especialmente en el clima de tensión entre progresistas y conservadores que dejó el Concilio Vaticano II, eran intensas y estaban bien documentadas.

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El cónclave que eligió a Juan Pablo II como pontífice

Dos meses después de haber elegido a Luciani, los cardenales volvieron a reunirse. El 16 de octubre de 1978, Karol Wojtyła, un cardenal polaco, se convirtió en el primer papa no italiano en más de cuatro siglos. El contraste con lo que habría sido el pontificado de Luciani era evidente. Hay quien ve en esa sucesión tan rápida y en ese giro de perfil una confirmación de que las fuerzas contrarias a Juan Pablo I lograron imponer su agenda. Otros replican que Wojtyła también impulsó reformas y tuvo sus propios conflictos con la curia, lo que debilita la idea de una conspiración perfectamente orquestada.

La beatificación y un debate que no se cierra

El Vaticano no ha abierto sus archivos completos sobre los hechos de septiembre de 1978. La negativa a reconsiderar su posición, medio siglo después, perpetúa la sensación de que algo queda por contar. Puede que no haya nada oscuro detrás. Puede que sea solo inercia institucional, torpeza burocrática o un celo mal entendido por proteger la imagen del papado. El problema es que, sin transparencia, todas las interpretaciones caben.

En 2022, el papa Francisco beatificó a Juan Pablo I, reconociendo sus virtudes heroicas y su santidad de vida. El proceso exigió una investigación exhaustiva sobre Luciani como persona, pero no reabrió la cuestión de su muerte. Para los defensores de la versión oficial, la beatificación confirma que el fallecimiento fue natural. Para los escépticos, no cambia nada: un papa santo eliminado por fuerzas corruptas sería, si acaso, más merecedor de reconocimiento.

Lo que queda, al margen de las teorías, es la imagen de un hombre que llegó al papado con la intención de cambiarlo todo y no tuvo tiempo de cambiar casi nada. Treinta y tres días. Un infarto nunca demostrado. Una autopsia nunca practicada. Y un archivo vaticano que sigue cerrado. Mientras esas condiciones se mantengan, el caso de Albino Luciani seguirá abierto en la memoria colectiva de la Iglesia.

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