El 2 de octubre de 1928, un sacerdote aragonés de veintiséis años llamado Josemaría Escrivá de Balaguer tuvo en Madrid lo que él mismo describiría como una iluminación divina. A partir de ese momento, y durante casi un siglo, la institución que nació aquel día recorrería un camino que pocos habrían predicho: de un grupo reducido de universitarios madrileños a una prelatura personal con presencia en decenas de países, reconocida por Roma y envuelta en polémicas recurrentes. La trayectoria del Opus Dei está ligada a la historia política y religiosa de España de un modo tan estrecho que resulta difícil entender una sin la otra.
Los orígenes del Opus Dei: Escrivá y la santificación del trabajo corriente
San Josemaría Escrivá de Balaguer, nacido en Barbastro en 1902 y ordenado sacerdote en 1925, planteó una idea que en el catolicismo de entreguerras sonaba a herejía menor: que cualquier persona, ejerciera la profesión que ejerciera, podía aspirar a la santidad mediante el trabajo bien hecho. La búsqueda de perfección cristiana, hasta entonces reservada en la práctica a monjes, religiosas y clérigos, se abría a oficinistas, abogados o médicos. Hoy parece una obviedad. En 1928 no lo era en absoluto.
Aquella propuesta teológica —la llamada universal a la santidad a través de las tareas ordinarias— tardaría décadas en recibir respaldo oficial. El Concilio Vaticano II la incorporó a sus documentos en los años sesenta, pero Escrivá llevaba más de treinta años predicándola desde la fundación del Opus Dei. Que la vida profesional y las obligaciones familiares no eran obstáculos para el encuentro con Dios, sino justamente su vehículo: esa fue la columna vertebral del mensaje desde el primer día.
La Academia DYA y los primeros colaboradores
El primer espacio físico del Opus Dei fue la Academia DYA, abierta en 1933 en el barrio de Chamberí. Las siglas respondían a "Derecho y Arquitectura", aunque Escrivá les atribuiría después el sentido de "Dios y Audacia". Era una residencia modesta para estudiantes universitarios donde se combinaba apoyo académico, orientación profesional y dirección espiritual. No un seminario, sino algo que no tenía precedentes claros en el catolicismo español de la época.
Los primeros fieles del Opus Dei eran pocos. José María Hernández Garnica, uno de los colaboradores más cercanos al fundador en esos años, trabajó con intensidad para difundir el mensaje entre los universitarios madrileños. La labor se hacía persona a persona, con discreción, en un estilo que priorizaba la formación individual sobre la captación masiva. Quienes se incorporaban compartían una convicción: que la sociedad podía transformarse si cada profesional se tomaba en serio tanto su oficio como su vida interior.
La Guerra Civil como primera prueba de resistencia
El estallido de la Guerra Civil española en julio de 1936 puso al Opus Dei ante una situación límite. Escrivá, en la zona republicana de Madrid, afrontó la persecución religiosa escondiéndose en pisos particulares, en el consulado de Honduras, en refugios improvisados. En 1937, cuando la situación se volvió insostenible, cruzó los Pirineos a pie en condiciones que estuvieron a punto de costarle la vida.
La guerra no acabó con la actividad del grupo, aunque la redujo a casi nada. Escrivá mantuvo contacto por carta con los primeros miembros y, desde la zona nacional, planificó la reorganización para cuando terminara el conflicto. El final de la contienda en 1939 abrió una etapa nueva: la expansión más allá de Madrid, hacia Barcelona, Valencia, Zaragoza y Valladolid.
Posguerra, franquismo y la red de centros en España
La España de posguerra, con su énfasis en el nacionalcatolicismo, ofreció un terreno propicio para el crecimiento de organizaciones religiosas. Pero la relación entre el Opus Dei y el régimen de Franco fue más compleja de lo que suele presentarse. Hubo proximidad, sí —algunos tecnócratas vinculados al Opus Dei ocuparon carteras ministeriales en los años sesenta—, pero también tensiones internas y diferencias de fondo que los análisis simplificadores tienden a pasar por alto.
Lo que sí hizo el Opus Dei durante las décadas de 1940 y 1950 fue crear una red sólida de residencias universitarias, centros de estudios y obras corporativas. Santa Cruz, la residencia madrileña cercana a Ciudad Universitaria, se convirtió en modelo. José Luis Múzquiz, que más tarde tendría un papel destacado en la expansión internacional, fue uno de los sacerdotes más activos de aquel periodo. Profesionales de campos muy distintos empezaron a vincularse como cooperadores o miembros, tejiendo una trama de influencia que llegaba al mundo académico, al empresarial y al administrativo.
El reconocimiento como prelatura personal en 1982
Juan Pablo II concedió al Opus Dei el estatus de prelatura personal mediante la constitución apostólica Ut sit, firmada el 28 de noviembre de 1982. Se trataba de una figura jurídica prácticamente sin precedentes en la Iglesia Católica: una estructura eclesiástica dependiente de la Santa Sede, con jurisdicción sobre sus fieles —laicos y sacerdotes— con independencia del territorio donde vivieran.
Esta configuración encajaba con la naturaleza misma de la institución, que nunca se había concebido como una orden religiosa al uso. El prelado ejerce autoridad pastoral sobre todos los miembros, y la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz agrupa a los sacerdotes, tanto los incardinados en la prelatura como los diocesanos que desean vivir su espiritualidad. Para el Opus Dei, aquel reconocimiento significó un salto en prestigio institucional a escala global.
Breve historia del Opus Dei de Escrivá a Álvaro del Portillo: continuidad y consolidación
Josemaría Escrivá murió en Roma el 26 de junio de 1975. Le sucedió Álvaro del Portillo, su colaborador más estrecho desde los tiempos de la Guerra Civil. Ingeniero de caminos antes de ordenarse sacerdote en 1944, del Portillo encarnaba bien el perfil que Escrivá había promovido: profesional competente y cristiano convencido.
Del Portillo dirigió la prelatura hasta su muerte en 1994. Durante esas dos décadas, consolidó la estructura institucional, impulsó la expansión internacional y promovió el proceso de canonización de Escrivá. Su gestión se definió por la fidelidad al espíritu fundacional y por un trabajo discreto pero constante de relaciones con la jerarquía católica. En 2014 fue beatificado.
Javier Echevarría y Fernando Ocáriz: los prelados del cambio de siglo
Echevarría, segundo prelado desde 1994 hasta su muerte en 2016, pilotó la institución durante más de veinte años marcados por dos acontecimientos de peso. El primero: la canonización de Escrivá el 6 de octubre de 2002, con una ceremonia multitudinaria en la plaza de San Pedro ante unas 300.000 personas. El segundo: la necesidad de adaptar la labor apostólica a un mundo donde las críticas al Opus Dei —por sus métodos de captación, por su opacidad, por su influencia política— habían ganado visibilidad mediática.
Fernando Ocáriz, elegido prelado en 2017, heredó una organización con presencia en decenas de países y unos 95.000 miembros, pero que opera en un contexto de secularización creciente y pluralismo religioso que obliga a replantear estrategias. Teólogo de formación y consultor de varios dicasterios vaticanos, Ocáriz mantiene los principios fundacionales mientras afronta un escenario que Escrivá difícilmente habría imaginado.
La figura del cooperador y la estructura interna de un centro del Opus Dei
No todos los que participan en las actividades del Opus Dei son miembros formales. Los cooperadores —católicos o incluso no católicos— colaboran con oración, trabajo o apoyo económico sin asumir los compromisos específicos de la pertenencia. Esta figura, concebida desde los primeros años, refleja la voluntad de no limitar la labor apostólica a un círculo cerrado.
La estructura de gobierno incluye al prelado, consejos asesores, delegaciones territoriales y responsables de cada centro. Un rasgo distintivo: la inmensa mayoría de los miembros son laicos que viven inmersos en sus profesiones civiles. Los sacerdotes de la prelatura se dedican ante todo a la atención espiritual de esos laicos y de quienes participan en las actividades formativas. La sede central está en Roma, pero el día a día del Opus Dei transcurre en oficinas, hospitales, aulas universitarias y hogares corrientes repartidos por todo el mundo.
Legado, controversias y presencia actual en España
La Universidad de Navarra, fundada en 1952 con la orientación espiritual de la prelatura, es hoy una de las universidades privadas más prestigiosas de España, con fortalezas reconocidas en medicina, derecho y comunicación. Investigadores como José Luis González Gullón y John F. Coverdale han aportado estudios rigurosos que permiten ir más allá tanto de las hagiografías acríticas como de las caricaturas negativas.
Las controversias, con todo, no se han disipado. La proximidad de ciertos miembros al franquismo, los métodos de reclutamiento y formación de jóvenes, la exigencia de discreción —que los críticos leen como secretismo—, las dinámicas internas de obediencia: son asuntos que siguen generando debate público. Los estudios históricos serios matizan el retrato, pero no lo eliminan.
En la España de hoy, el Opus Dei mantiene una red de centros educativos, residencias y programas formativos distribuidos por todo el territorio. La labor se ha extendido al ámbito digital con páginas web, aplicaciones y recursos multimedia. Las obras corporativas —universidades, colegios, hospitales— son jurídicamente independientes de la prelatura, aunque reciben de ella su orientación espiritual. Esa distinción es clave para entender qué es y qué no es el Opus Dei, y conviene no perderla de vista al evaluar su influencia real.
Lo que permanece del proyecto de aquel sacerdote aragonés de 1928 no es solo un entramado institucional. Es una idea que caló en la teología católica del siglo XX y que el Vaticano II refrendó: que la santidad no exige retirarse del mundo, sino estar en él con todas las consecuencias. Que esa idea haya generado tanto entusiasmo como recelo dice bastante sobre su alcance.