Hacia el siglo III a. C., en Alejandría, un grupo de eruditos judíos comenzó a traducir la Torá al griego koiné. Lo que empezó como un proyecto destinado a una comunidad concreta terminó por alterar la historia del judaísmo, del cristianismo y de la transmisión textual del Antiguo Testamento. Esa traducción, la Septuaginta —abreviada como LXX—, fue la primera versión de las Escrituras hebreas en otro idioma. Y su influencia se prolongó durante siglos, mucho más allá de lo que sus promotores pudieron anticipar.
Qué es la Septuaginta y qué lugar ocupa en la historia bíblica
La Septuaginta es la traducción griega del Antiguo Testamento realizada por eruditos judíos en la Alejandría ptolemaica. Su nombre remite a la leyenda de los setenta (o setenta y dos) traductores que participaron en el proyecto, una cifra que varía según las fuentes. El idioma de destino era el griego koiné, lengua franca del Mediterráneo helenístico, y la intención inicial respondía a una necesidad práctica: muchos judíos de la diáspora ya no dominaban el hebreo ni el arameo. Necesitaban leer sus textos sagrados en la lengua que hablaban a diario.
Lo que convierte a esta traducción en algo más que un ejercicio filológico es su dimensión teológica. Los traductores no se limitaron a trasladar palabras de un idioma a otro. Tuvieron que adaptar conceptos arraigados en la cultura israelita a un marco conceptual helenístico, y en ese proceso crearon un vocabulario religioso en griego que marcó el desarrollo del pensamiento judío y cristiano posterior. La LXX, por otro lado, conservó variantes textuales del hebreo que el texto masorético —fijado siglos después, entre los siglos VI y X d. C.— ya no recoge. Esas variantes son hoy una fuente de valor inestimable para la crítica textual.
En qué se diferencia de la Biblia hebrea
Las divergencias entre la Septuaginta y la Biblia hebrea operan en varios niveles. El más visible es el orden de los libros. La Biblia hebraica organiza los textos en Torá, Profetas y Escritos; la LXX adopta una clasificación temática diferente, que más tarde heredaría la tradición cristiana para estructurar su propio Antiguo Testamento.
Hay diferencias textuales que van más allá de la organización. Ciertos pasajes de la versión griega presentan lecturas más extensas o abiertamente divergentes respecto al hebreo masorético. Y hay un punto que no se puede pasar por alto: la Septuaginta incluye libros que no aparecen en el canon hebreo. Tobías, Judit, Sabiduría de Salomón, Eclesiástico, Baruc, 1 y 2 Macabeos, ampliaciones al Libro de Ester y al Libro de Daniel (la historia de Susana, Bel y el Dragón, la Oración de Azarías), el Salmo 151... Estos textos, llamados deuterocanónicos por católicos y ortodoxos, o apócrifos por los protestantes, fueron compuestos durante el periodo helenístico y circulaban ampliamente entre las comunidades judías de habla griega.
Los manuscritos del Mar Muerto, hallados a partir de 1947, vinieron a confirmar que algunas variantes de la LXX reflejaban tradiciones textuales hebreas alternativas, reales, que coexistían con lo que después sería el texto masorético. Los traductores griegos no parafraseaban a su gusto: trabajaban con manuscritos hebreos que efectivamente diferían de la tradición que terminaría imponiéndose.
El origen alejandrino y la leyenda de los setenta y dos traductores
La Carta de Aristeas ofrece el relato más conocido —y más legendario— sobre la génesis de la LXX. Según este documento, Ptolomeo II Filadelfo (que reinó entre 285 y 246 a. C. aproximadamente) quiso enriquecer la Biblioteca de Alejandría con una traducción de la ley judía. Envió emisarios a Jerusalén y el sumo sacerdote Eleazar despachó setenta y dos eruditos, seis por cada tribu de Israel, para acometer la tarea.
La historicidad exacta del relato es discutida. Lo que sí acepta el consenso académico es que el Pentateuco se tradujo al griego en Alejandría durante el reinado de Ptolomeo II o poco después, y que la iniciativa partió más de la propia comunidad judía alejandrina —que necesitaba los textos para sus prácticas religiosas y educativas— que de un encargo real. La ciudad reunía las condiciones idóneas: era un centro cosmopolita de aprendizaje, con una comunidad judía numerosa que había adoptado el griego como lengua principal sin renunciar a su identidad religiosa.
La traducción no se completó de golpe. El Pentateuco fue lo primero, en el siglo III a. C. Otros libros del Antiguo Testamento se fueron traduciendo a lo largo del siglo II a. C., y probablemente hasta el siglo I a. C. Cada traductor o equipo aplicó un criterio distinto: unos optaron por la literalidad, preservando la sintaxis hebrea aunque el resultado en griego sonara extraño; otros priorizaron la claridad en la lengua de destino. Esa variabilidad es perceptible al comparar libros dentro de la propia LXX.
La LXX, el Nuevo Testamento y el cristianismo primitivo
Para los judíos de la diáspora, esta traducción era el vínculo con sus raíces. Les permitía estudiar la Torá y los libros sagrados sin depender del hebreo, en un contexto donde el griego era la lengua de la vida cotidiana. Pero donde la Septuaginta alcanzó un peso verdaderamente transformador fue en el cristianismo primitivo.
Los autores del Nuevo Testamento citaron las Escrituras mayoritariamente a partir de la versión griega. Los estudios textuales indican que cerca de dos tercios de las citas veterotestamentarias en el Nuevo Testamento provienen de la LXX, no del hebreo masorético. Pablo, Lucas, el autor de Hebreos: todos trabajaron con el texto griego. Esto tuvo consecuencias teológicas concretas. El caso más citado es Isaías 7:14, donde la Septuaginta traduce la palabra hebrea almah (mujer joven) por el griego parthenos (virgen), lectura que Mateo empleó para apoyar la doctrina de la concepción virginal de Jesús.
La LXX no solo proporcionó citas. Creó el vocabulario teológico del cristianismo naciente. Términos como kyrios (Señor), christos (ungido, Cristo), ekklesia (asamblea, iglesia), dikaiosyne (justicia) y nomos (ley) adquirieron en la traducción griega significados específicamente bíblicos que los escritores del Nuevo Testamento adoptaron y ampliaron. Esa continuidad lingüística entre Antiguo y Nuevo Testamento no fue accidental: permitió presentar el mensaje cristiano como continuación natural de las Escrituras hebreas, con un marco conceptual compartido que los gentiles conversos podían comprender sin aprender hebreo.
Para la mayoría de los cristianos de los primeros siglos, la Septuaginta era, sencillamente, el Antiguo Testamento. No una traducción de segunda categoría, sino el texto de referencia.
Los manuscritos del Mar Muerto y lo que revelan sobre la LXX
Los manuscritos originales de la Septuaginta no se conservan. Las copias más antiguas que poseemos —los grandes códices unciales— datan de los siglos IV y V d. C.: el Códice Vaticano, el Sinaítico y el Alejandrino. Hay papiros fragmentarios más tempranos, como el Papiro Rylands 458 (siglo II a. C.) o el Papiro Fouad 266 (siglo I a. C.), que prueban que la LXX ya circulaba en Egipto mucho antes de esos códices.
Pero el verdadero punto de inflexión llegó con los hallazgos de Qumrán. Entre los cientos de manuscritos bíblicos recuperados del Mar Muerto (datados entre el 250 a. C. y el 68 d. C.), los especialistas identificaron al menos tres tipos textuales distintos: textos proto-masoréticos, textos que coinciden con frecuencia con la Septuaginta y textos que representan tradiciones independientes. Manuscritos hebreos de Samuel, Jeremías y Éxodo hallados en Qumrán presentan lecturas mucho más cercanas a la LXX que al texto masorético.
Esto cambió la percepción académica de la Septuaginta. Ya no cabía atribuir sus divergencias a errores de traducción o a licencias interpretativas. En muchos casos, los traductores griegos habían sido fieles a manuscritos hebreos que existían de verdad, aunque pertenecieran a una línea textual diferente de la que siglos después se convertiría en norma. Quedó claro que en el periodo del Segundo Templo convivían múltiples formas del texto bíblico, todas consideradas legítimas por distintas comunidades judías.
La Vulgata y la bifurcación de tradiciones textuales
La relación entre la Septuaginta y la Vulgata latina, traducida por Jerónimo a finales del siglo IV y principios del V, marca un giro importante en la historia de la Biblia. Jerónimo, por encargo del papa Dámaso I, empezó revisando las traducciones latinas antiguas, que se basaban en la LXX. Pero después tomó una decisión polémica: tradujo la mayor parte del Antiguo Testamento directamente del hebreo, apelando a lo que él llamó hebraica veritas.
Esa decisión hizo que la Vulgata divergiera de la Septuaginta en numerosos pasajes. Jerónimo sí incluyó algunos libros deuterocanónicos, aunque los valoraba como lectura edificante, no como base para la doctrina. Con el tiempo, la Vulgata se convirtió en la Biblia de la Iglesia occidental, mientras que las Iglesias orientales mantuvieron la Septuaginta griega o traducciones derivadas de ella (al copto, al etíope, al armenio). Dos ramas del texto bíblico, dos tradiciones de lectura, dos sensibilidades teológicas con raíces textuales diferentes.
Un legado que sigue abierto
La Septuaginta fue la primera gran traducción de un corpus literario completo de una lengua semítica a una indoeuropea. Esa operación dio pie a encuentros intelectuales que marcaron la Antigüedad tardía: Filón de Alejandría, en el siglo I, empleó la versión griega para demostrar la compatibilidad entre la filosofía platónica y la Torá, y su método de exégesis alegórica influyó tanto en el judaísmo como en el cristianismo. Josefo se sirvió de la LXX para presentar la historia judía ante audiencias no judías. Las ediciones críticas modernas del Antiguo Testamento —la Biblia Hebraica Stuttgartensia, la Biblia Hebraica Quinta— citan de forma sistemática las lecturas de la Septuaginta en su aparato crítico.
Junto con el texto masorético y los manuscritos del Mar Muerto, la LXX sigue siendo uno de los tres pilares sobre los que se sostiene cualquier reconstrucción seria de la historia textual del Antiguo Testamento. Los tres son complementarios, no intercambiables. Y el debate sobre qué revelan —y qué callan— cada uno de ellos está lejos de haberse cerrado.