El Papa Luna: el pontífice aragonés Benedicto XIII que desafió a toda la cristiandad

Benedicto XIII, conocido como el Papa Luna, fue el causante de uno de los cismas más importantes de la Iglesia cristiana de occidente, al ser reconocido solo por algunos reinos como Castilla y Aragón mientras otros lo consideraban un antipapa.
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El papa Luna, Benedicto XIII
Maider Chacón Iriarte | Dom, 7 Dic 2025 - 10:49
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Pocos personajes de la historia eclesiástica resultan tan controvertidos —y tan fascinantes— como Pedro Martínez de Luna y Pérez de Gotor. Este cardenal aragonés, elevado al papado como Benedicto XIII, protagonizó el Gran Cisma de Occidente con una obstinación que rayaba en lo épico. Se atrincheró en el castillo templario de Peñíscola, desde donde gobernó su menguante grey hasta 1423, negándose a reconocer su deposición pese a que prácticamente toda Europa le había dado la espalda. Murió convencido de ser el único papa legítimo, mientras el mundo lo tachaba de antipapa. Tenía unos noventa y cinco años.

¿Quién fue el Papa Luna y por qué se le considera antipapa?

Un aragonés en la cúpula de la Iglesia

Pedro Martínez de Luna nació en 1328 en Illueca, en el seno de una familia de la nobleza aragonesa. Estudió derecho canónico en Montpellier, donde su capacidad intelectual llamó pronto la atención. En 1375, el papa Gregorio XI lo nombró cardenal, y desde entonces se convirtió en una figura de peso dentro de la curia. Era un hombre de formación jurídica sólida, con un talento diplomático que le abriría muchas puertas —y que, más tarde, le cerraría otras tantas por su terquedad—. La Corona de Aragón siempre lo consideró uno de los suyos, alguien que defendía sus intereses en Roma.

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Coronación de Benedicto XIII, el papa Luna, en un manuscrito del siglo XIV

El cisma que partió a la cristiandad en dos

El Gran Cisma de Occidente arrancó en 1378. Tras la muerte de Gregorio XI, el cónclave eligió a Urbano VI, un papa de carácter difícil que pronto se ganó la enemistad de buena parte del colegio cardenalicio. Un grupo de purpurados, principalmente franceses, declaró nula aquella elección y nombró a Clemente VII, quien, presionado por el rey de Francia, fijó su corte en Aviñón. Europa quedó dividida: unos reinos obedecían al papa romano; otros, al aviñonés.

Cuando Clemente VII falleció en 1394, los cardenales de Aviñón eligieron a Pedro de Luna, que adoptó el nombre de Benedicto XIII. Antes de su elección había prometido trabajar por la reunificación, incluso renunciando si fuera preciso. Una vez con la tiara, aquella promesa se evaporó.

La cuestión de la legitimidad

Llamar a Benedicto XIII «antipapa» responde a una perspectiva retrospectiva. La Iglesia terminó reconociendo la línea romana, lo que convirtió automáticamente a los pontífices de Aviñón en usurpadores. Eso sí, durante el cisma la situación distaba mucho de estar clara. Francia, Castilla, Aragón, Navarra y Escocia reconocían a Benedicto XIII; Inglaterra y el Sacro Imperio apoyaban al papa de Roma. No había diferencias doctrinales entre ambas obediencias: la disputa era jurisdiccional y, sobre todo, política. El Papa Luna jamás aceptó el calificativo de antipapa. Para él, su elección había sido canónicamente válida y los concilios carecían de autoridad para deponerlo.

De Aviñón a Peñíscola: el exilio de un papa

Los años en el palacio papal de Aviñón

Aviñón había sido sede pontificia durante casi un siglo, un período que los historiadores llaman el «Cautiverio de Aviñón». Benedicto XIII gobernó desde allí los primeros años de su pontificado, intentando —sin éxito— negociar con sus rivales romanos. Las cosas se torcieron cuando el rey de Francia decidió presionarle para que abdicara. En 1398, el monarca retiró oficialmente su obediencia; en 1403 ordenó sitiar el palacio papal.

Benedicto XIII aguantó el asedio con una tenacidad que ya presagiaba lo que vendría después. Finalmente logró escapar, disfrazado según algunas crónicas, y buscó refugio en territorios más afines.

El castillo templario de Peñíscola

En 1411, el Papa Luna llegó a Peñíscola, una pequeña localidad costera del reino de Valencia. El lugar parecía diseñado para resistir: una fortaleza templaria del siglo XIII, construida sobre un peñón que se adentra en el Mediterráneo, casi inexpugnable. Benedicto XIII la transformó en sede papal. Levantó dependencias para la curia, una biblioteca, espacios ceremoniales. Desde aquel castillo gobernaría lo que quedaba de su obediencia hasta su muerte, doce años después.

Peñíscola se convirtió en el centro de su resistencia. Y él, en el «antipapa de Peñíscola», aunque esa etiqueta le habría parecido una afrenta.

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Castillo del Papa Luna en Peñíscola. Wikimedia Commons

La Corona de Aragón: entre la lealtad y la presión internacional

Los reinos de la Corona de Aragón —Aragón, Cataluña, Valencia, Sicilia— mantuvieron una relación ambivalente con Pedro de Luna. Por un lado, era aragonés, nacido en Illueca; había un orgullo innegable en tener a un compatriota como papa. Fernando I de Aragón lo reconoció como pontífice legítimo y le ofreció protección.

Pero la presión creció. El Concilio de Constanza (1414-1418) buscaba cerrar el cisma de una vez por todas, y los representantes aragoneses acabaron votando a favor de deponer a Benedicto XIII. Aquello no supuso una ruptura inmediata —el Papa Luna siguió viviendo en Peñíscola bajo protección aragonesa—, aunque sí marcó el principio del fin. Algunos nobles valencianos y aragoneses le fueron fieles hasta el último día, visitándole en su retiro y tratándole como sumo pontífice.

La condena: herejía y deposición

Tres papas para una sola Iglesia

Durante el papado de Benedicto XIII hubo momentos en que la cristiandad contó con dos, e incluso tres, papas simultáneos. El Concilio de Pisa (1409), convocado para resolver el cisma, depuso tanto al Papa Luna como a su rival romano Gregorio XII, y eligió a un tercero: Alejandro V, sucedido poco después por Juan XXIII. Ninguno de los depuestos aceptó la sentencia. Resultado: tres pontífices reclamando la cátedra de Pedro al mismo tiempo.

Benedicto XIII sostenía que su elección había sido irreprochable y que un concilio no podía destituir a un papa válidamente elegido sin su consentimiento. Era un argumento con fundamento canónico, aunque sus adversarios lo interpretaron como puro orgullo.

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Escultura del Papa Luna, Benedicto XIII

El Concilio de Constanza

Constanza fue el gran ajuste de cuentas. El concilio se reunió entre 1414 y 1418 con objetivos claros: acabar con el cisma, combatir las herejías y reformar la Iglesia. Los padres conciliares adoptaron el conciliarismo, una doctrina según la cual un concilio ecuménico tiene, en circunstancias extraordinarias, autoridad superior al papa.

Juan XXIII fue depuesto y encarcelado. Gregorio XII aceptó renunciar voluntariamente. Benedicto XIII, desde su fortaleza de Peñíscola, rechazó comparecer y tachó al concilio de ilegítimo. El 26 de julio de 1417, Constanza lo declaró depuesto, acusándolo de herejía, cisma y perjurio. A partir de ese momento, oficialmente, dejó de ser papa para convertirse en antipapa.

La negativa a abdicar

La obstinación del Papa Luna se volvió legendaria. Mientras Gregorio XII había cedido para facilitar la reunificación, Benedicto XIII mantuvo su postura hasta el final. Ni el aislamiento, ni las condenas, ni la retirada de obediencias lograron hacerle cambiar de opinión. Veía la renuncia como una traición a su deber sagrado.

Tras Constanza, la excomunión y las acusaciones de herejía buscaron erosionar cualquier apoyo residual. Cuando la Corona de Aragón retiró oficialmente su obediencia en 1416, Benedicto XIII quedó prácticamente solo. Aun así, siguió nombrando cardenales, emitiendo bulas y celebrando ceremonias papales en Peñíscola, rodeado de un puñado de fieles que aún lo reconocían como el auténtico Santo Padre.

Peñíscola, Escocia y los últimos años

Un castillo convertido en sede papal

El castillo de Peñíscola se transformó en el símbolo más potente del papado de Benedicto XIII. Aquella antigua fortaleza templaria, azotada por el viento del Mediterráneo, albergaba ahora una curia pontificia en miniatura: biblioteca, capilla, oficinas donde se redactaban documentos con sello papal. La vida era austera, pero el protocolo se mantenía intacto. El Papa Luna vestía las vestiduras pontificias, celebraba misa, recibía a los escasos visitantes que aún le reconocían.

Hoy el castillo conserva su memoria. Se le conoce popularmente como el «Castillo del Papa Luna», y es uno de los monumentos históricos más visitados de la Comunidad Valenciana.

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Castillo del Papa Luna en Peñíscola. Wikimedia Commons

La fidelidad escocesa

Entre los pocos reinos que mantuvieron su lealtad al Papa Luna, Escocia destaca por su persistencia. La razón era más política que religiosa: los escoceses, enfrentados permanentemente con Inglaterra, tendían a alinearse con las posiciones contrarias a las inglesas. Como Inglaterra apoyaba a los papas romanos, Escocia gravitaba hacia Aviñón —y luego hacia Peñíscola—.

Los reyes escoceses reconocieron a Benedicto XIII incluso después de su deposición oficial, enviando embajadas y aceptando sus bulas. Fue uno de los últimos reinos en reconocer finalmente a Martín V. Esta lealtad remota proporcionaba al pontífice aislado un argumento para mantener su reclamación: si Escocia aún lo reconocía, su papado no podía ser una ficción.

Muerte en Peñíscola

Los últimos años de Benedicto XIII transcurrieron en un aislamiento creciente pero sin mella en su convicción. Dedicaba sus jornadas a la oración, al estudio de textos canónicos que respaldaban su posición, y a escribir tratados jurídicos defendiendo su legitimidad. A pesar de rondar los noventa años, mantenía una lucidez notable.

Antes de morir nombró cuatro cardenales con instrucciones de elegir sucesor. Lo hicieron: proclamaron a Clemente VIII, que carecía de reconocimiento alguno y acabaría abdicando en 1429, cerrando definitivamente la línea aviñonesa.

Benedicto XIII murió en Peñíscola en 1423, con unos noventa y cinco años. Hasta su último aliento se negó a renunciar o a reconocer a Martín V. Sus restos fueron enterrados inicialmente en el castillo; después se trasladaron, y su cráneo se convirtió en objeto de curiosidad histórica durante siglos.

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El papa Luna, Benedicto XIII

El fin del cisma y el legado del Papa Luna

Martín V: el papa de la reunificación

El Concilio de Constanza eligió a Martín V el 11 de noviembre de 1417. El cónclave incluía no solo cardenales, sino representantes de las naciones cristianas, para garantizar un reconocimiento universal. Con aquella elección, el cisma quedaba oficialmente cerrado —aunque Benedicto XIII, encerrado en Peñíscola, siguiera sin aceptarlo—.

Martín V afrontó la tarea de restaurar la autoridad papal, dañada tras cuatro décadas de división. Le tocó poner orden en un mapa eclesiástico caótico: obispados duplicados, cardenales nombrados por líneas rivales, territorios que habían cambiado de obediencia varias veces. Y encima, el conciliarismo —la idea de que los concilios podían estar por encima del papa— había salido fortalecido de Constanza, algo que los pontífices posteriores tardarían décadas en revertir.

Un legado ambivalente

¿Cómo juzgar al Papa Luna? Depende de quién haga la valoración. Para sus detractores, encarnó la soberbia que prolongó el sufrimiento de la Iglesia. Para otros —especialmente en Aragón y Peñíscola—, representa la integridad de quien defiende sus convicciones contra viento y marea.

Pedro Martínez de Luna gobernó como papa durante casi treinta años, convencido siempre de su legitimidad. Lo que nos deja su caso son preguntas sin respuesta fácil: ¿quién decide, en última instancia, quién manda en la Iglesia? ¿Puede un concilio destituir a un pontífice? ¿Qué distingue a un papa de un antipapa cuando ambos fueron elegidos por cardenales?

El castillo de Peñíscola, encaramado sobre su roca frente al Mediterráneo, conserva la memoria de aquel hombre que nunca cedió. Puede que la historia le diera la espalda, pero su obstinación le ha garantizado un lugar en ella.